Hace unos días tuve el honor de participar en una Mesa de Debate en el II Congreso Nacional de Municipios y Ciudades Inteligentes celebrado en Tlalnepantla de Baz (México) dedicada al tema «Innovación, Estrategias, Plataformas Tecnológicas y Herramientas Digitales para la Ciudad y su Conectividad». Donde hablé un ratito sobre los temas que siempre me preocupan. En esta entrada os adjunto los textos que preparé para esa intervención, aunque lo que dije no siempre coincidió con lo preparado (las cosas de soltar un discurso de memoria por un orador sin memoria).

La ciudad es como una como empresa, una empresa que mientras es un pequeño negocio su propietario tiene todos los números en la cabeza: conoce de memoria el contenido de su almacén, recuerda quién le debe dinero y no necesita abrir los sobres que le manda el banco para conocer su saldo. Cuando la empresa crece todo se complica, el propietario empieza a depender de otras personas, aparecen multitud de departamentos, lo que antes eran pasos sencillos ahora son procesos complejos. Crecer siempre me ha traído problemas.

Por eso las medianas y grandes empresas han incorporado muy rápidamente sistemas tecnológicos, ya que facilitan el conocimiento real e inmediato de lo que sucede. Su consejo de administración está viendo en tiempo real cómo se comporta la curva de ventas, los paneles de la bolsa informan al patio de cómo está el valor de sus acciones, el puesto de control de la central eléctrica permite ajustar en milisegundos la producción eléctrica a la demanda para no desperdiciar energía…

Y todo eso es posible porque todas las operaciones empresariales se han convertido en transacciones, se han digitalizado en todo su curso: los movimientos de dinero entre cuentas, las compraventas de acciones, las señales de un sensor o las órdenes a un sistema de producción de energía, son todas operaciones completamente digitales.

Sin embargo, en muchos aspectos de nuestras ciudades, esa transformación digital es aún una asignatura pendiente. Sus regidores no disponen de los datos precisos para tomar decisiones. Sin duda también porque la ciudad es mucho más compleja que una empresa.

Vamos a intentar hacer una síntesis de los componentes y procesos a que están sometidas y cómo enfocar su digitalización.

La ciudad suelo dividirla en dos porciones: el común, la porción que es propiedad de todos y la privativa, la que es propiedad de los ciudadanos, al menos de algunos ciudadanos.

La poción común esta administrado por la autoridad elegida por los ciudadanos, quien debe responder ante ellos de la calidad de su administración y en consecuencia no puede o no debe hacer lo que quiera, sino lo que sea más beneficioso en cada momento al conjunto de la ciudad. La porción privativa está administrada por su propietario, pero tampoco puede hacer lo que quiera ya que su capacidad de acción está limitada por la autoridad del común en orden a que la ciudad sea funcionalmente aceptable.

Esta división deriva en un campo de batalla urbano: por una parte, la administración planifica, legisla, recauda y organiza para asegurar el funcionamiento del común y limitar el desorden de la parte privativa, por la otra los agentes urbanos compiten por obtener el mejor rendimiento del mercado inmobiliario, en medio quedan los ciudadanos que, de forma individual, mediante asociaciones o con su voto premian o castigan al administrador y enriquecen o arruinan al agente urbano.

Rectifico, la ciudad no es como una empresa, es mucho peor, es todo un mercado lleno de intereses contrapuestos. Y encima, aquí tenemos a la tecnología, como una especie de sofisticado armamento, que ayuda a la administración a planificar, a recaudar, a mejorar el rendimiento y a vigilar que todo vaya bien, ayuda a los agentes urbanos a mejorar sus oportunidades y ayuda a los ciudadanos a comprender mejor lo que pasa, a incidir allí donde más duele y a mejorar su coordinación interna para presionar a todos.

Hace pocos días yo, como biólogo, argumentaba que la ciudad no es un ecosistema porque faltaba el ingrediente principal de los ecosistemas naturales: la lucha por la supervivencia. Estaba completamente equivocado, la ciudad es un verdadero ecosistema porque la lucha es constante, la lucha por el voto, por el mejor terreno, por el mejor contrato de servicios, por la mejor vivienda, por el trayecto de menor duración, por el medio de transporte más cómodo, por visitar el sitio más interesante, por la escuela más cercana…

Y como en los sistemas naturales precisamente es esa tensión la que garantiza a todos los equilibrios urbanos, el climax ecosistémico, sin el que la ciudad puede estar abocada al desastre.

El armamento tecnológico sin duda puede ayudar a la ciudad, lo debe hacer proporcionando a todos los contendientes los componentes para ejercer mejor su función, porque si es capaz de ayudar a las empresas cómo no va a serlo de ayudar a las ciudades. Pero armar a la ciudad no es una obligación exclusiva del administrador urbano, es una obligación de todos los contendientes.

Intentando abordar el problema desde un punto de vista sistémico, las actividades urbanas se basan en tres componentes:

  • La información: no se deben adoptar decisiones sin información, ¿conocemos bien la ciudad?, su planificación, la distribución física de todos sus objetos y sistemas, el reparto de los derechos y las obligaciones sobre el suelo y las construcciones, el estado y funcionamiento de sus instalaciones, de sus edificios, de sus equipamientos, de sus servicios, de los sistemas de movilidad y transporte… de tantos y tantos aspectos que forman ese gran organismo que es la ciudad.
  • Los procesos: la ciudad está sujeta a cambios constantes y la mayoría de sus transformaciones están dirigidas por procesos de autorización, de construcción, de utilización o de control, ¿podemos seguir esos procesos?, ¿conocemos su trayecto, su éxito o fracaso? Porque los procesos son esenciales para garantizar la armonía urbana y las relaciones entre todos los que intervienen en ellos.
  • Las actividades: al fin y al cabo, la razón de ser de la ciudad es proporcionar un medio ambiente propicio para el desarrollo de la actividad humana, ¿sabemos los suficiente de cómo se desarrollan esas actividades?, ¿las podemos pulsar para asegurarnos de que se desarrollan con normalidad?, ¿de qué acciones podemos adoptar para mejorarlas?, ¿de prever las posibles disfunciones para atajar los problemas?, ¿de prever las necesidades y los riesgos para evitar desastres?

La tecnología tendrá que ayudarnos en los tres frentes;

  • Construir información nunca ha sido sencillo, y menos en la ciudad porque es un espacio y fabricar y manejar información espacial, hasta hace poco era muy caro y estaba reservado a gente especializada. Pero eso ha cambiado drásticamente, todos estamos fabricando información espacial en nuestra vida diaria, pero se la regalamos a Google, hay que conseguir que la colaboración fabrique información espacial para el beneficio de la ciudad.
  • Gestionar los procesos es esencial, su único inconveniente es que tiene que afectar a todos sus nodos: el funcionario, el técnico urbano, el agente inmobiliario, la empresa de servicios, el ciudadano por supuesto a los objetos involucrados en los procesos y aquí entra el Internet de las Cosas como elemento fundamental ya que muchos objetos urbanos pasan a ser intervinientes de procesos.
  • Convencer a todos de que debe haber un cierto nivel de conocimiento de las actividades no es fácil, entre otras cosas porque entramos en el proceloso mundo de la privacidad y de la seguridad. Uno de los grandes retos de la ciudad inteligente será cómo compatibilizar la necesidad de saber que está pasando, con la necesidad de conservar la privacidad. Sabiendo que la informática aún está llena de agujeros incontrolables por donde nuestros datos personales escapan de todo control.

Conclusión

La implantación de la Smart City es el resultado de la impregnación de tecnología en todos los estamentos, en todos los procesos y en todas las actividades que forman la ciudad. Una impregnación con múltiples facetas y momentos: el impulso institucional, la innovación industrial, la colaboración ciudadana, el ahorro económico, la reducción de la huella de carbono, la mejora de la calidad de vida… Una impregnación a veces casi inconsciente pero que poco a poco irá cambiando profundamente la forma de interacción entre la ciudad y sus ciudadanos.